Por qué la democracia parece lenta en tiempos de decisiones rápidas
Por Marcelo Watrakiewicz *
La consultora Latinobarómetro sostiene en sus mediciones sobre la confianza ciudadana que en promedio sólo el 20% de los latinoamericanos confían en el funcionamiento de sus poderes legislativos, lo que además no es un dato novedoso, sino que viene siendo una constante desde hace ya algunos años. Pero lo que sí es nuevo, y necesariamente convierte esa gran desconfianza en un desafío de otra naturaleza, es el ecosistema informativo actual en el que esas instituciones intentan construir su legitimidad hoy.
La tradición constitucional que rige en nuestra región diseñó a los parlamentos como un instrumento para procesar el disenso social, por lo que su funcionamiento está calibrado no para producir acuerdos rápidos sino para garantizar un procedimiento donde las posiciones en conflicto tengan un canal institucional para expresarse, confrontar, negociar y eventualmente resolver. Este mecanismo, que es la esencia misma del sistema representativo, tiene características que durante la segunda mitad del siglo XX parecían deseables pero que en nuestro siglo XXI se volvió casi intolerable para la percepción pública: es lento, polémico por naturaleza y -en contextos de polarización extrema- poco efectivo, ya que la construcción de mayorías requiere tejer consensos, una práctica ajena a esa lógica de poder. La institución que mejor expone su funcionamiento institucional frente a la sociedad es paradójicamente percibida por el actual ecosistema informativo, y en consecuencia por la ciudadanía, como obsoleta.
Pero este patrón en realidad no es nuevo. Lo que Hobsbawm describió en su Historia del siglo XX como la “debilidad espectacular de las democracias liberales” frente al avance totalitario del fascismo o el nazismo de los años treinta tenía entre sus causas exactamente este problema. La deliberación pública, en un período signado por el hambre de la posguerra y el desempleo masivo derivado de la crisis económica mundial, era leída por sectores crecientes de la sociedad europea como inacción y debilidad cuando eran contrastados frente a aquellos regímenes autoritarios que prometían — y ejecutaban — decisiones rápidas sin debates ni concesiones dilatorias.
Ante ello, sólo un pequeño grupo, de cuyos mejores exponentes haya sido quizás Winston Churchill, entendió que el problema de fondo que planteaba este reclamo ciudadano no radicaba en el funcionamiento parlamentario per se sino en la dificultad de sostener la legitimidad del sistema parlamentario frente a la acuciante demanda de rápidas soluciones, o dicho de otro modo: ya no alcanzaba con sólo defender lo que el parlamento producía, sino que había que defender a la democracia y sus instituciones como el mecanismo garante de la pluralidad de voces y de la resolución duradera de conflictos.
En 2026 nos encontramos en una situación asimilable en materia de demanda ciudadana, donde el ecosistema mediático por donde circula la información complejiza aún más la ardua tarea de valorizar la democracia. Estudios sobre medios y confianza política en América Latina muestra que el consumo de información vía redes sociales, que hoy supera ampliamente a la información por los medios tradicionales y sigue en aumento, está asociado a mayor desconfianza institucional, la cual se intensifica a su vez en escenarios de alta polarización. Por lo cual, frente a esto, existen 3 caminos divergentes para abordar la problemática: a) La comunicación gubernamental se adapta al ritmo y al formato de las redes -clip, síntesis, declaración fuerte- ganando visibilidad pero al mismo tiempo sacrificando su rasgo distintivo que es la profundidad del proceso b) La comunicación de gobierno ignora el ecosistema de información actual y consolida la desconexión que ya tiene con la consecuente intermediación interpretativa de los operadores de redes sociales o c) se construye una narrativa institucional atractiva que transmita y resalte el valor intrínseco que posee del proceso parlamentario legitimando el mecanismo en sí y no simplemente sus resultados. Hoy, insertos en un ecosistema que fragmenta la atención, refuerza la desconfianza y se construye dentro burbujas informativas aisladas entre sí y que descomponen el campo informativo común, el desafío parece ser aún mayor que hace 90 años.
*Historiador – Diplomado en Derecho Parlamentario y Comunicación, Dirección de Campañas Políticas y Manejo de Crisis.
