La decisión de Estados Unidos de intensificar su presión política y militar sobre Venezuela, en el marco de una nueva escalada impulsada por Donald Trump, volvió a poner en foco el rol de las potencias extra hemisféricas. Mientras Washington endurece su estrategia contra el gobierno de Nicolás Maduro y reabre un escenario de alta tensión regional, China opta por una respuesta medida y Rusia mantiene un respaldo político sin capacidad de alterar el equilibrio de fuerzas. Detrás de esas posiciones aparecen diferencias profundas en intereses energéticos, prioridades geopolíticas y proyecciones de largo plazo.
China condenó públicamente la acción estadounidense en foros internacionales y reiteró su rechazo a cualquier intervención que vulnere la soberanía de los Estados, pero evitó acompañar esa postura con medidas concretas de presión, asistencia militar o involucramiento directo. Esa distancia no responde a un desinterés coyuntural, sino a una evaluación estratégica que combina seguridad energética ya resuelta y una apuesta estructural por la transición energética global.
Durante más de una década, Venezuela fue un socio relevante para China en materia de petróleo. A través de acuerdos de financiamiento respaldados por exportaciones de crudo, Beijing prestó más de 60.000 millones de dólares desde 2007. Sin embargo, ese esquema se fue desarmando con el colapso productivo de PDVSA, las sanciones estadounidenses y la incapacidad del Estado venezolano de sostener los niveles de producción comprometidos. En términos actuales, el crudo venezolano representa una porción menor del total de importaciones energéticas chinas.
La seguridad energética de China hoy se apoya en una red diversificada de proveedores. Arabia Saudita se consolidó como su principal abastecedor de petróleo; Rusia incrementó sus envíos a precios descontados tras la guerra en Ucrania; Irak, Irán, Angola y Brasil completan un esquema que reduce al mínimo la dependencia de un solo país. En ese contexto, Venezuela dejó de ser un activo estratégico y pasó a ocupar un lugar secundario en la matriz energética china.
Ese cambio coincide con una transformación más profunda. China planifica su política económica y energética en horizontes de varias décadas y considera que el petróleo seguirá siendo un insumo relevante, pero ya no será el eje del poder global. La electrificación del transporte, el desarrollo de energías renovables y el control de cadenas industriales vinculadas a baterías, redes eléctricas y minerales críticos forman parte del núcleo de su estrategia.
China lidera hoy la producción mundial de paneles solares, baterías de litio, vehículos eléctricos y componentes clave para la infraestructura energética. Además, controla buena parte del procesamiento de tierras raras, indispensables para la industria tecnológica y militar. Desde esa perspectiva, Venezuela representa un recurso del pasado más que una plataforma para el futuro.
Ese enfoque explica por qué Beijing evita escalar el conflicto en América Latina. Un involucramiento directo implicaría confrontar con Estados Unidos en su área de influencia histórica, asumir costos diplomáticos y comerciales, y defender un Estado con escasa capacidad de garantizar estabilidad jurídica o retornos sostenidos. Para China, el cálculo es simple: el costo de intervenir supera ampliamente cualquier beneficio posible.
La posición de Rusia es distinta, aunque también limitada. Moscú mantiene un respaldo político explícito al gobierno venezolano y conserva intereses en el sector energético a través de acuerdos con PDVSA, especialmente en proyectos de crudo pesado. Durante años, Venezuela funcionó para Rusia como una plataforma simbólica de presencia en América Latina y como un aliado en la disputa con Estados Unidos.
Sin embargo, la capacidad rusa de influir en el terreno es hoy acotada. La guerra en Ucrania absorbió recursos militares, financieros y diplomáticos, mientras que las sanciones occidentales redujeron su margen de maniobra global. El apoyo a Caracas se mantiene en el plano discursivo y diplomático, sin capacidad real de modificar el escenario que impone Washington.
La diferencia central entre China y Rusia no es ideológica, sino estratégica. Rusia sigue operando con una lógica de equilibrio de poder tradicional, donde la presencia política y militar conserva un valor simbólico. China, en cambio, prioriza el control de sistemas productivos, tecnológicos y energéticos que definen el funcionamiento de la economía global.
Mientras Estados Unidos y Rusia discuten territorios, gobiernos y alineamientos, China apuesta a dominar las infraestructuras que sostienen la transición energética y digital. En ese tablero, Venezuela no ocupa un lugar decisivo. La cautela china frente a la crisis no expresa indiferencia, sino una lectura fría del mundo que viene y de los conflictos que ya no definen el poder del siglo XXI.
